Hola.
Éste es uno más de esos escritos que gritan, lloran y te sonríen en diferentes partes del texto. Son un sube y baja de las emociones. Pueden suplicarte y darte la espalda a la vez. Te sitúan en diferentes tiempos y lugares conforme cambias de renglón. Son poemas de amor y canciones desesperadas; odas, elegías, novelas, cuentos y cuanto se te ocurra, hasta cursilerías. Estas palabras hablan de verdades y mentiras, pero todo es verdad bajo la lente de un loco enamorado y humillado por el más grande de sus amores.
A manera de narración, te voy a contar un poco de mi historia. Si acaso lo llegas a imprimir y se mancha el papel, no te preocupes, tal vez las lágrimas trasciendan más allá de mi pantalla.
Un día te vi, estabas sentada en la sala de televisión de mi casa haciendo no sé qué con tus compañeros de clase. Yo ni siquiera te conocía y menos iba a saber quién serías mucho tiempo después. Días posteriores me hablaron muy bien de ti y comenzaste a interesarme como posible prospecto a relacionarme contigo. Regresaste a mi casa y te conocí. En un encuentro incómodo por no aceptar tu ayuda en una tarea simple, conocí tu sonrisa y tu amabilidad.
En una ocasión salimos juntos: la primera cita, a tomar café y platicar con el ánimo de descubrir, o confirmar, lo que ya antes nos habían contado del otro. Poco relajado el asunto nos concretamos a decir palabras que interesaran al otro. Buena noche, terminó la velada.
Hice una pausa para recordar esos momentos en que encontré tus ojos.
Una segunda cita fue determinante. El lugar al que van todos los novios se convierte en un verdadero e interminable intimidar de manos para nosotros dos. Pero salimos airosos, creo. Volvimos a tu lugar para concretar con palabras lo que parecía un buen comienzo. Sentimos mariposas en la panza. Yo, al menos, no lo asimilaba del todo.
Largas y amenas charlas para abrirnos al otro y mostrar lo mejor que somos y tenemos para dar y compartir. Noches que rezábamos no terminaran y rogábamos se ampliaran aún más para coquetearnos y descubrirnos. Pero, al principio, no “debemos” mostrar lo malo, simplemente perderíamos terreno propio. No debemos permitir que se den cuenta de nuestras mentiras. ¡Todo menos eso!
Horas y momentos felices pasaron, haciendo de nuestro creciente amor un idilio. Pasamos grandes obstáculos. Rechazaste el matrimonio y nos mantuvimos de pie; hacíamos de la libertad un monumento envidiable, nadie lo podía derribar con un soplo débil. Nos contamos importantes secretos y fuimos cómplices de esas pequeñeces. A pesar de que tu madre me rechazaba a capa y espada también lo derrotamos, no igual pero orgullosamente. Hicimos de la luna el símbolo de lo que había entre nosotros, apenas la contemplábamos y soñábamos. Cosa linda.
Bien recuerdo la primera vez que nos entregamos al cuerpo. Infinidad de veces sentimos llegar al cielo en el más ardiente de los orgasmos. Aprendimos bastante. Gracias por esos halagos que harían sentir bien al más desgraciado de los hombres.
Buenas fiestas las que celebramos. Sorpresa la de mi cumpleaños, cuando jurabas que no estarías conmigo. Gracias, la pasé de lujo. Ese día no cabíamos en el lugar de tan orgulloso que me sentía de tenerte a mi lado. Qué decir de la Navidad cuando nos deseábamos lo mejor de lo mejor con nuestros seres queridos. El año nuevo, no fue la excepción. Eran tiempos de mucho frío y no nos separábamos ni un instante para no sentirlo. Inolvidable el viaje a Tuxpan, no? Todo era como increíble, en ese momento yo podía morirme satisfecho de haber encontrado la armonía y el amor en mi vida.
(continúa...)
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